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Por qué ahora a las borrascas también les hacen
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    Cuando empieza la temporada de huracanes en América, las noticias de todo el mundo se empiezan a llenar de noticias con titulares con nombres. Cada uno de estos fenómenos tiene un nombre de pila, que los periodistas usan en sus contenidos una y otra vez hasta que los conocemos perfectamente y sabemos que han impactado en el lugar que estaba previsto que lo hicieran. Irma, Harvey, Maria… Los nombres van cambiando, pero se quedan en la memoria de los ciudadanos.

    Y, hasta ahora, pocas habían sido las tormentas que habían llegado a este lado del Atlántico con nombre. Estaba la Hortensia, en los 80, que se ha quedado como una especie de hito en la memoria del norte de España, por ejemplo, o estuvo Klauss no hace mucho. Eran una suerte de excepción a la regla, porque aquí los fenómenos atmosféricos eran tormentas con alertas naranjas o rojas, pero sin nombre.

    Hasta ahora. Hace unas semanas, las noticias se llenaron de menciones a Ana, la primera gran tormenta de la temporada, mientras que ahora todo está ligado a Bruno, la segunda gran tormenta y la primera del invierno. Los organismos meteorológicos de España, Portugal y Francia se han puesto de acuerdo para poner nombre a las grandes tormentas, en un movimiento de naming y que tiene una explicación.

    Los nombres de las tormentas, huracanes y otras manifestaciones meteorológicas son una estrategia de marketing y naming que ha funcionado. "El uso de nombres cortos tanto por escrito como en comunicaciones orales, fáciles de recordar es más rápido y reduce la confusión cuando dos o más tormentas tropicales ocurren al mismo tiempo", explican en la web del servicio meteorológico estadounidense, el pionero en la cuestión de bautizar a las tormentas.

    Hasta los años 50, las tormentas y huracanes no tenían nombres, lo que generaba un clima de confusión entre los medios (que por ejemplo usaban para sus noticias cuestiones ligadas a otras tormentas y mezclaban las alertas) y entre los propios ciudadanos (haciendo que fuese terreno abonado para la confusión y la desinformación). En 1953, pusieron nombre a la primera tormenta.

    Si tiene nombre te la tomas más en serio

    Pero la cuestión no está solo ligada a la información y la desinformación, también es una estrategia de posicionamiento 'de marca', por así decirlo. Los nombres no solo hacen que sea más fácil recordar las tormentas y separarlas, sino que también tiene un efecto en los propios ciudadanos. Una vez que se ha hecho el trabajo de naming, los ciudadanos se toman más en serio lo que se les viene encima. De hecho, por esa razón empezaron a poner nombre en Irlanda y Reino Unido a las tormentas. Que tenga una identidad clara y definida hace que las personas sean más conscientes de que es algo peligroso.

    Esa es también la razón por la que Aemet, MéteoFrance y el IMPA han empezado a poner nombre a las tormentas. "Las borrascas a las que se dará nombre serán aquellas que se profundicen de tal manera que puedan producir un gran impacto en bienes y personas", explican en una nota de prensa en su web, recordando que desde que esto se hace en Reino Unido e Irlanda la población está más atenta a las recomendaciones de seguridad. "Las encuestas en estos dos países han demostrado que la población está más atenta a las recomendaciones de seguridad cuando la amenaza de viento fuerte está claramente identificada y asociada al nombre de la borrasca", apuntan.

    La lista de nombres ya se ha lanzado y serán términos fáciles de recordar y fáciles de pronunciar y decir para los hablantes de los tres países (serán Ana-Bruno-Carmen-David-Emma-Felix-Gisele-Hugo-Irene-Jose-Katia-Leo-Marina-Nuno-Olivia-Pierre-Rosa-Samuel-Telma-Vasco-Wiam). Se usarán solo otros nombres cuando la borrasca llegue desde el norte y haya sido bautizada antes por los organismos meteorológicos de las Islas Británicas.

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